miércoles, 14 de enero de 2026

LA IGLESIA DE OGNISSANTI (I): SIMONETTA VESPUCCI, BOTICELLI Y “NACIDA DE VENUS”, FLORENCIA

 LA IGLESIA DE OGNISSANTI (I): SIMONETTA VESPUCCI, BOTICELLI Y “NACIDA DE VENUS”, FLORENCIA

Desde hace más de una década, siempre que puedo, vuelvo a Florencia. Superado el impacto de aquella primera y fugaz visita de un solo día en 2008, las posteriores me han permitido recorrer sus monumentos, palacios, iglesias y museos. Sin duda, estoy aquejado de eso que alguien denominó el síndrome de Stendhal: voy allí y me curo paseando por sus calles, contemplando sus muros o las pinturas y esculturas en las salas de sus museos; pero, en cuanto regreso a casa, siento la necesidad de volver cuanto antes.


Fachada iglesia de Ognissanti, Florencia.


Portada de la novela Nacida de Venus, Sonia Leonart

Cuando cayó en mis manos la novela Nacida de Venus, de Sonia Lleonart Dormua, su portada —que muestra un detalle del rostro de la Venus de Sandro Botticelli— supuso toda una invitación a su lectura. He leído la traducción al castellano realizada por Noemí Sobrequés y, pasando las páginas, me vi inmerso en una trama novelesca en la que la autora hace de una obra de arte el hilo conductor. Y hablo en plural porque no es una sola trama, sino tres; la principal se desarrolla en la Florencia del Renacimiento, con un Giuliano de Médici que siente por Simonetta Vespucci un amor intenso y carnal. Ella, atrapada en un matrimonio de conveniencia con su esposo Marco Vespucci, es también para Sandro Botticelli su amor platónico, su musa y su modelo, a la que representa tanto en obras de carácter pagano (El nacimiento de Venus) como religioso, usándola para dar rostro a la mismísima Virgen.

La segunda trama se desplaza Florencia y sus  alrededores de Florencia, situándonos en el San Gimignano de los años setenta. Allí emerge la figura del conde Arnaldo Verini, cautivo de un sentimiento por Graziella; un amor imposible, vetado por las rígidas convenciones sociales de la época. Junto a ellos aparece el profesor Belleti, cuyo destino le llevará a regentar la dirección de la Galería de los Uffizi

La tercera trama, enmarcada en la actualidad, la protagoniza Carla, una joven española licenciada en Bellas Artes y restauradora que, tras realizar un programa Erasmus en Florencia, es la nieta de Graziella.  En su presente, los matices del afecto se bifurcan: su pareja, Álex, representa el amor intenso y carnal; mientras que Max, su colega en los Uffizi, encarna el amor pausado, aquel sentimiento no correspondido y casi platónico.

Una exposición sobre la obra de Botticelli en los Uffizi, la restauración de un lienzo de Domenico Ghirlandaio y el hallazgo de un diario de este último —que habla de una supuesta pintura desaparecida— actúan como el nexo que entrelaza las tres tramas. La búsqueda de esa obra perdida nos conduce por las calles de Florencia, el Palacio Pitti y el Palazzo della Signoria; atraviesa el Ponte Vecchio y la Galería de los Uffizi, y se extiende hasta San Gimignano, Fiesole y Milán. Todo ello enmarcado en una reflexión sobre los procesos desamortizadores y la dolorosa pérdida y dispersión del patrimonio artístico.


Nave principal, iglesia de Ognissanti

La propia Sonia pretendía hacer del arte el hilo conductor de su narración y, a mi modo de ver, lo ha conseguido gracias a la minuciosidad del estudio, al análisis de las obras y a la descripción de sus procesos de restauración. Resulta curioso que la iglesia de San Salvador de Ognissanti fuese una desconocida para mí. Llegué a Florencia en la tarde del pasado día 29 y busqué información sobre sus horarios; tenía deseos de visitar el lugar donde se halla la tumba de Sandro Botticelli y donde fue sepultada su musa, Simonetta. Ya de noche, pude acceder al interior del templo, de dimensiones imponentes —alcanza los cien metros de largo—; allí, un par de monjas y un hombre cantaban el oficio religioso al ritmo de un órgano. No asistía nadie más, y el acceso se había restringido a la mitad de la nave para los escasos turistas que visitábamos el templo en ese momento.


Capilla Vespucci, iglesia Ognissanti

Me encontré con un templo que, levantado en el siglo XIII, albergaba frescos y lienzos de Doménico Ghirlandaio y de Botticelli. En el segundo tramo del lado de la epístola se halla la capilla de la familia Vespucci, (la familia tenía su lugar de enterramiento en una capilla del transepto derecho, donde se supone que fue enterrada Simonetta donde se supone que fue enterrada Simonetta), son abundantes las referencias que indican que Sandro Boticelli, fue enterrado a los pies de la tumba de ella, de su musa. Sin embargo, no existe allí referencia alguna a ella, salvo su representación en la pintura de Ghirlandaio —de la cual hablaré en otra entrada—; lo que sí se encuentra es un disco de mármol indicando que en esa capilla reposan los restos de Américo Vespucio.


Tumba de Amerigo Vespucci

En el brazo derecho del crucero, a los pies de otra capilla, otro disco de mármol indica la tumba de Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, Boticelli. Esta capilla, la de los Bardi, tiene unos frescos, que muestran historias de San Pedro de Alcántara, realizados por Matteo Bonechi, en 1722


Tumba de Sandro Boticelli

 

Copyright Manuel Holgado García, 2026.01.14

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