PINTURAS DE ZURBARÁN PARA LA CARTUJA DE JEREZ, (2ª PARTE)
Continuo en esta entrada el recorrido de los óleos que Zurbarán realizó para la cartuja jerezana y que se encuentran depositados en el Museo de Cádiz:
SAN LORENZO
Museo de Cádiz
Realizado por Francisco de Zurbarán entre
1637-1639
Óleo sobre lienzo, 60x79
cm
ORIGEN E HISTORIA
EXTERNA:
Llegó al museo en 1836, procedente de la Cartuja de Santa María de la Defensión, donde formaba parte de su retablo mayor. En el inventario de la Desamortización de 1835, este lienzo y el de “San Juan Bautista” aparecen situados en el tercer cuerpo del retablo, junto a los "Evangelistas". A este respecto, César Pemán indica que ambos cuadros se situaban en el tercer cuerpo del retablo, a ambos lados de la “Crucifixión”. Sin embargo, Jeannine Baticle señala como posible ubicación de ambas obras las puertas de la parte inferior del retablo.
TEMA Y COMPOSICIÓN:
San Lorenzo se sitúa sentado de
perfil hacia la izquierda, inclinado hacia delante. Esta postura genera una
potente línea diagonal que guía la mirada desde la cabeza del santo hacia sus
manos unidas en oración.
Cruzando de manera transversal el cuerpo del santo se sitúa la
parrilla (símbolo de su martirio), cuyo largo mango crea una contrapendiente
diagonal perfecta que equilibra la composición. El contorno del santo recorta
el espacio de manera limpia y monumental, a pesar de las dimensiones reales del
lienzo.
Zurbarán emplea una iluminación
de "luz de estudio", proyectada fuertemente desde arriba hacia abajo.
Esto genera un pronunciado claroscuro (típicamente zurbaranesco) que modela el
rostro con fuerza, resalta la anatomía de las manos y genera pliegues profundos
y escultóricos en la vestimenta.
La dalmática que viste el santo domina la paleta con un rojo
intenso y vibrante que simboliza el martirio. Este color se complementa
ricamente con los minuciosos bordados dorados, aportando suntuosidad litúrgica
a la escena.
El blanco puro de las mangas (alba)
actúa como un punto de luz intermedio
que conecta el rostro con las vestiduras y destaca la posición de las manos en
oración.
A diferencia del tenebrismo estricto de sus primeros años, aquí Zurbarán opta por un boscaje claro, luminoso y atmosférico en el fondo. Utiliza tonalidades verde oliva ejecutadas con pinceladas cortas y punteadas, lo que aporta una enorme luminosidad general y un bello contraste tonal con la densidad y el calor del rojo de la vestimenta.
El santo se aleja de la
idealización celestial; se muestra humano, concentrado y humilde. La expresión
de su rostro, con los ojos bajos y las manos unidas en oración, transmite una
profunda piedad y misticismo silencioso.
Fiel al estilo del maestro,
destaca la asombrosa maestría al capturar las calidades materiales,
diferenciando la pesadez de la tela de la dalmática, la riqueza táctil de los
bordados dorados, la frialdad metálica de la parrilla y la suavidad de la piel.
SAN JUAN BAUTISTA
Museo de Cádiz
Realizado por Francisco de
Zurbarán entre 1637-1639
Óleo sobre lienzo, 60x79 cm
ORIGEN E HISTORIA EXTERNA:
Tras la desamortización en 1836, el lienzo de San Juan Bautista quedó en
poder de la Academia de Bellas Artes gaditana, y pasó posteriormente a formar parte del Museo de Bellas Artes de
Cádiz. Bernard Soria considera endeble la figura del cordero, aunque considera también la buena
calidad del cuadro y la armonía de los claroscuros.
Se trata de uno de los lienzos
que formaban parte del retablo mayor
de la Cartuja de Jerez. En cuanto al lugar preciso que ocupaba en el mencionado
retablo, hay disparidad de criterios. En el inventario de la desamortización de 1835, este lienzo y
el de «San Lorenzo» aparecen
situados en el tercer cuerpo del retablo, junto a los evangelistas.
En este inventario de 1835 se cita: “En el
último cuerpo un crucifijo como de 3 varas y detrás un cuadro de la misma
altura como de Jerusalém=Los cuatro Evangelistas pintados como de 3/4 sin
cuadro, y un poquito de apaisado? S. Juan Bautista y San Lorenzo”.
César
Pemán, debido a lo limitado del banco del retablo, los situó en el tercer cuerpo,
a un lado y otro de la crucifixión.
Jeannine Baticle señaló la dificultad de colocar a los evangelistas, San Lorenzo y San Juan Bautista entre los grandes
cuadros, ubicados actualmente en el Museo de Grenoble, y precisó que habría sido imposible
distinguirlos si hubieran sido situados en el ático.
César
Pemán afirma que los cartujos tenían
como patrono a San Juan Bautista; asimismo, Valdivieso indica que «la
presencia de este personaje evangélico en el retablo debe justificarse en razón
de que los cartujos lo consideraban su santo patrón, en virtud de su vida
retirada en el desierto, su dedicación a la mortificación, la penitencia, la
soledad y el silencio que lo rodeaba».
Se representa al santo de medio
cuerpo hasta las rodillas, sentado y girado hacia el ángulo inferior derecho
del cuadro, donde se encuentra el cordero simbólico (Agnus Dei) sobre el
que reposa su mano izquierda.
Lleva manto y zalea, los cuales dejan
al descubierto los brazos, la mitad del torso y una pierna. Su rostro,
bellísimo, transmite una
expresión serena y juvenil. Con el dedo índice de la mano derecha señala la
figura del cordero. Detrás de él se
aprecia una zona rocosa en penumbra y, al fondo, a la derecha, un
paisaje también rocoso en tonos grises. Especial interés reviste la ejecución
de la anatomía de su brazo derecho, sobre el que apoya la cruz de caña; este miembro está resuelto con una bella musculatura modulada por
los contrastes de luz y sombra.
La composición de San Juan Bautista es marcadamente diagonal y asimétrica, lo que aporta un gran dinamismo contenido y una profunda carga psicológica. El cuerpo de San Juan forma un arco inclinado hacia la derecha, que conecta directamente con la figura del cordero. La cruz de caña, apoyada en su brazo derecho y sostenida discretamente, cruza el lienzo de manera oblicua, lo que refuerza la tensión lineal y equilibra el peso visual de las rocas del fondo. La composición es atectónica: la parte inferior del cuerpo del santo y gran parte del cordero no se representan, por lo que quedan fuera del lienzo.
Las figuras principales se sitúan
en un primer plano muy cercano al espectador, mientras que el fondo queda
semioculto por formaciones rocosas oscuras y un cielo plomizo, lo que genera
una atmósfera de introspección y aislamiento (típica del retiro en el
desierto). Los paisajes de este lienzo y del de San Lorenzo están estrechamente
vinculados con los de la serie Los hijos de Jacob (conservada en
Durham). La obra del museo gaditano muestra una clara influencia del estilo de
José de Ribera, y es quizás obra
de un colaborador del taller de Zurbarán de clara formación riberesca.
Se utiliza una técnica de
claroscuro muy acusada, característica que también comparte con otra
representación de San Juan Bautista ubicada en la Catedral de Sevilla.
Una luz dirigida e intensa (luz de foco) entra desde la parte superior
izquierda, e ilumina de manera
selectiva la anatomía del santo: su torso, su brazo derecho, su rostro
pensativo y el lomo del cordero. El resto del cuerpo y los fondos se hunden en
penumbras densas. Este contraste radical no solo modela el volumen de los
cuerpos, dándoles una cualidad tridimensional casi escultórica, sino que
también acentúa el misticismo y la melancolía de la escena.
La paleta cromática es austera,
sobria y predominantemente cálida, muy en la línea del naturalismo barroco.
Predominan los colores terrosos, los ocres, los marrones oscuros y los negros
de las sombras y las rocas. Destacan las encarnaciones (los tonos de la piel), que reflejan la luz con matices
dorados y rosáceos; el sutil manto rojizo/purpúreo que se intuye en la zona
inferior —símbolo del futuro martirio del santo—, y la blancura sucia de la lana del cordero. Es una gama de
colores muy unida a la tierra y a la renuncia material.
El dibujo demuestra una firmeza y
un naturalismo excepcionales. El brazo derecho y la mano izquierda que se extiende hacia el
animal muestran un estudio preciso de los tendones, músculos y venas bajo la
piel. No se busca una belleza idealizada o renacentista, sino un cuerpo real,
curtido por la vida en el desierto. La cabeza está resuelta con un perfil muy
definido y un cabello oscuro y
descuidado. La expresión es de profunda concentración, resignación o
melancolía, capturada a través de líneas duras y sombras que marcan las
facciones. El pincel define con maestría diferentes calidades matéricas: la
dureza de la piedra, la suavidad y el volumen de la lana del cordero, la
aspereza de la piel que viste el santo y la sutil transparencia de la aureola
sobre su cabeza.
SAN BRUNO EN MEDITACIÓN
Museo de Cádiz
Realizado por Francisco de Zurbarán hacia
1638
Óleo sobre lienzo, 108x82
cm
ORIGEN
E HISTORIA EXTERNA:
Llegó al museo gaditano
procedente de la Cartuja de
Santa María de la Defensión en 1835. Tradicionalmente se había atribuido a un
pintor italiano del siglo XVIII, Placido Costanzi (según consta en Ponz y en el
catálogo del museo de 1876). Martín Soria lo considera fragmento de un lienzo mayor. Considerado de calidad
excelente por Paul Guinard, este registró dos réplicas de esta
obra realizadas por el taller de Zurbarán: la primera, antaño en Madrid en la
colección Estrada; la segunda, en el Museo Nacional de La Habana. En 1952, tras
contrastar diversas fuentes documentales, se confirmó esta autoría.
TEMA Y COMPOSICIÓN:
En la
obra, se representa al santo de medio cuerpo, girado ligeramente hacia su derecha,
en actitud meditativa y de profunda introspección. Dirige la mirada hacia la
cruz que sostiene con su mano derecha, mientras que con la otra sujeta una
calavera que apoya a la altura de la cintura. San Bruno no mira al espectador;
mantiene la boca entreabierta y los ojos vueltos hacia el cielo, capturando un
momento de comunicación mística. Su rostro muestra un realismo ascético,
alejado de la idealización renacentista. En su fisonomía destacan especialmente
los pómulos y el perfil, profundamente marcados y de aspecto enjuto debido al
contraste de luz y sombra que se produce en esta zona.
El santo
aparece ataviado con el hábito cartujano de color blanco, cuyo tono no es plano,
ya que en él se despliega una amplia gama de grises, marfiles, cremas y ocres en los pliegues de las telas
gruesas. Estos pliegues son
pesados, geométricos y casi arquitectónicos, lo que dota a la figura de una
gran monumentalidad. El blanco radiante del hábito contrasta fuertemente con
los tonos cálidos y terrosos de la piel, la calavera y la cruz de madera,
equilibrando la paleta general de la obra.
DOCUMENTACIÓN:
Frati, T. (1988). La obra pictórica de
Zurbarán. Editorial Planeta, 103-105
Navarrete, B. (1996). Aportaciones a los
Zurbaranes de la Cartuja de Jerez. Archivo Español de Arte, 69(275), 243-261.
Ministerio de Cultura. (s.f.). San
Juan Bautista [Ficha de inventario n.º CE20066]. Museo de Cádiz. Red de
Museos de España (CER.es). https://ceres.mcu.es/pages/Main?idt=142812&inventary=CE20066&table=FMUS&museum=MCA
Ministerio de Cultura. (s.f.). San
Lorenzo [Ficha de inventario n.º CE20067]. Museo de Cádiz. Red de Museos de
España (CER.es). https://ceres.mcu.es/pages/Main?idt=142813&inventary=CE20067&table=FMUS&museum=MCA
Ministerio de Cultura. (s.f.). San
Bruno [Ficha de inventario n.º CE20017]. Museo de Cádiz. Red de Museos de
España (CER.es). https://ceres.mcu.es/pages/Main


