martes, 14 de julio de 2026

PINTURAS DE ZURBARÁN PARA LA CARTUJA DE JEREZ, (2ª PARTE)

 PINTURAS DE ZURBARÁN PARA LA CARTUJA DE JEREZ, (2ª PARTE)

Continuo en esta entrada el recorrido de los óleos que Zurbarán realizó para la cartuja jerezana y que se encuentran depositados en el Museo de Cádiz:


SAN LORENZO



Museo de Cádiz

Realizado por Francisco de Zurbarán entre 1637-1639

Óleo sobre lienzo, 60x79 cm

ORIGEN E HISTORIA EXTERNA:


Llegó al museo en 1836, procedente de la Cartuja de Santa María de la Defensión, donde formaba parte de su retablo mayor. En el inventario de la Desamortización de 1835, este lienzo y el de “San Juan Bautista” aparecen situados en el tercer cuerpo del retablo, junto a los "Evangelistas". A este respecto, César Pemán indica que ambos cuadros se situaban en el tercer cuerpo del retablo, a ambos lados de la “Crucifixión”. Sin embargo, Jeannine Baticle señala como posible ubicación de ambas obras las puertas de la parte inferior del retablo.

Reconstrucción del Retablo Mayor de la Cartuja, según E. Valdivieso. San Lorenzo y San Juan Bautista colocados según la hipótesis de Jeannine Baticle.

TEMA Y COMPOSICIÓN:

San Lorenzo se sitúa sentado de perfil hacia la izquierda, inclinado hacia delante. Esta postura genera una potente línea diagonal que guía la mirada desde la cabeza del santo hacia sus manos unidas en oración.

Cruzando de manera transversal el cuerpo del santo se sitúa la parrilla (símbolo de su martirio), cuyo largo mango crea una contrapendiente diagonal perfecta que equilibra la composición. El contorno del santo recorta el espacio de manera limpia y monumental, a pesar de las dimensiones reales del lienzo.

Zurbarán emplea una iluminación de "luz de estudio", proyectada fuertemente desde arriba hacia abajo. Esto genera un pronunciado claroscuro (típicamente zurbaranesco) que modela el rostro con fuerza, resalta la anatomía de las manos y genera pliegues profundos y escultóricos en la vestimenta.

La dalmática que viste el santo domina la paleta con un rojo intenso y vibrante que simboliza el martirio. Este color se complementa ricamente con los minuciosos bordados dorados, aportando suntuosidad litúrgica a la escena.

El blanco puro de las mangas (alba) actúa como un punto de luz intermedio que conecta el rostro con las vestiduras y destaca la posición de las manos en oración.


A diferencia del tenebrismo estricto de sus primeros años, aquí Zurbarán opta por un boscaje claro, luminoso y atmosférico en el fondo. Utiliza tonalidades verde oliva ejecutadas con pinceladas cortas y punteadas, lo que aporta una enorme luminosidad general y un bello contraste tonal con la densidad y el calor del rojo de la vestimenta.

El santo se aleja de la idealización celestial; se muestra humano, concentrado y humilde. La expresión de su rostro, con los ojos bajos y las manos unidas en oración, transmite una profunda piedad y misticismo silencioso.

Fiel al estilo del maestro, destaca la asombrosa maestría al capturar las calidades materiales, diferenciando la pesadez de la tela de la dalmática, la riqueza táctil de los bordados dorados, la frialdad metálica de la parrilla y la suavidad de la piel.

SAN JUAN BAUTISTA


Museo de Cádiz

Realizado por Francisco de Zurbarán entre 1637-1639

Óleo sobre lienzo, 60x79 cm


ORIGEN E HISTORIA EXTERNA:

Tras la desamortización en 1836, el lienzo de San Juan Bautista quedó en poder de la Academia de Bellas Artes gaditana, y pasó posteriormente a formar parte del Museo de Bellas Artes de Cádiz. Bernard Soria considera endeble la figura del cordero, aunque considera también la buena calidad del cuadro y la armonía de los claroscuros.

Se trata de uno de los lienzos que formaban parte del retablo mayor de la Cartuja de Jerez. En cuanto al lugar preciso que ocupaba en el mencionado retablo, hay disparidad de criterios. En el inventario de la desamortización de 1835, este lienzo y el de «San Lorenzo» aparecen situados en el tercer cuerpo del retablo, junto a los evangelistas.

En este inventario de 1835 se cita: “En el último cuerpo un crucifijo como de 3 varas y detrás un cuadro de la misma altura como de Jerusalém=Los cuatro Evangelistas pintados como de 3/4 sin cuadro, y un poquito de apaisado? S. Juan Bautista y San Lorenzo”.

César Pemán, debido a lo limitado del banco del retablo, los situó en el tercer cuerpo, a un lado y otro de la crucifixión. Jeannine Baticle señaló la dificultad de colocar a los evangelistas, San Lorenzo y San Juan Bautista entre los grandes cuadros, ubicados actualmente en el Museo de Grenoble, y precisó que habría sido imposible distinguirlos si hubieran sido situados en el ático.

César Pemán afirma que los cartujos tenían como patrono a San Juan Bautista; asimismo, Valdivieso indica que «la presencia de este personaje evangélico en el retablo debe justificarse en razón de que los cartujos lo consideraban su santo patrón, en virtud de su vida retirada en el desierto, su dedicación a la mortificación, la penitencia, la soledad y el silencio que lo rodeaba».

Reconstrucción del Retablo Mayor de la Cartuja, según E. Valdivieso. San Lorenzo y San Juan Bautista colocados según la hipótesis de Jeannine Baticle.

TEMA Y COMPOSICIÓN:

Se representa al santo de medio cuerpo hasta las rodillas, sentado y girado hacia el ángulo inferior derecho del cuadro, donde se encuentra el cordero simbólico (Agnus Dei) sobre el que reposa su mano izquierda. Lleva manto y zalea, los cuales dejan al descubierto los brazos, la mitad del torso y una pierna. Su rostro, bellísimo, transmite una expresión serena y juvenil. Con el dedo índice de la mano derecha señala la figura del cordero. Detrás de él se aprecia una zona rocosa en penumbra y, al fondo, a la derecha, un paisaje también rocoso en tonos grises. Especial interés reviste la ejecución de la anatomía de su brazo derecho, sobre el que apoya la cruz de caña; este miembro está resuelto con una bella musculatura modulada por los contrastes de luz y sombra.


La composición de San Juan Bautista es marcadamente diagonal y asimétrica, lo que aporta un gran dinamismo contenido y una profunda carga psicológica. El cuerpo de San Juan forma un arco inclinado hacia la derecha, que conecta directamente con la figura del cordero. La cruz de caña, apoyada en su brazo derecho y sostenida discretamente, cruza el lienzo de manera oblicua, lo que refuerza la tensión lineal y equilibra el peso visual de las rocas del fondo. La composición es atectónica: la parte inferior del cuerpo del santo y gran parte del cordero no se representan, por lo que quedan fuera del lienzo.

Las figuras principales se sitúan en un primer plano muy cercano al espectador, mientras que el fondo queda semioculto por formaciones rocosas oscuras y un cielo plomizo, lo que genera una atmósfera de introspección y aislamiento (típica del retiro en el desierto). Los paisajes de este lienzo y del de San Lorenzo están estrechamente vinculados con los de la serie Los hijos de Jacob (conservada en Durham). La obra del museo gaditano muestra una clara influencia del estilo de José de Ribera, y es quizás obra de un colaborador del taller de Zurbarán de clara formación riberesca.

Se utiliza una técnica de claroscuro muy acusada, característica que también comparte con otra representación de San Juan Bautista ubicada en la Catedral de Sevilla. Una luz dirigida e intensa (luz de foco) entra desde la parte superior izquierda, e ilumina de manera selectiva la anatomía del santo: su torso, su brazo derecho, su rostro pensativo y el lomo del cordero. El resto del cuerpo y los fondos se hunden en penumbras densas. Este contraste radical no solo modela el volumen de los cuerpos, dándoles una cualidad tridimensional casi escultórica, sino que también acentúa el misticismo y la melancolía de la escena.

La paleta cromática es austera, sobria y predominantemente cálida, muy en la línea del naturalismo barroco. Predominan los colores terrosos, los ocres, los marrones oscuros y los negros de las sombras y las rocas. Destacan las encarnaciones (los tonos de la piel), que reflejan la luz con matices dorados y rosáceos; el sutil manto rojizo/purpúreo que se intuye en la zona inferior —símbolo del futuro martirio del santo—, y la blancura sucia de la lana del cordero. Es una gama de colores muy unida a la tierra y a la renuncia material.

El dibujo demuestra una firmeza y un naturalismo excepcionales. El brazo derecho y la mano izquierda que se extiende hacia el animal muestran un estudio preciso de los tendones, músculos y venas bajo la piel. No se busca una belleza idealizada o renacentista, sino un cuerpo real, curtido por la vida en el desierto. La cabeza está resuelta con un perfil muy definido y un cabello oscuro y descuidado. La expresión es de profunda concentración, resignación o melancolía, capturada a través de líneas duras y sombras que marcan las facciones. El pincel define con maestría diferentes calidades matéricas: la dureza de la piedra, la suavidad y el volumen de la lana del cordero, la aspereza de la piel que viste el santo y la sutil transparencia de la aureola sobre su cabeza.

SAN BRUNO EN MEDITACIÓN


Museo de Cádiz

Realizado por Francisco de Zurbarán hacia 1638

Óleo sobre lienzo, 108x82 cm

ORIGEN E HISTORIA EXTERNA:

Llegó al museo gaditano procedente de la Cartuja de Santa María de la Defensión en 1835. Tradicionalmente se había atribuido a un pintor italiano del siglo XVIII, Placido Costanzi (según consta en Ponz y en el catálogo del museo de 1876). Martín Soria lo considera fragmento de un lienzo mayor. Considerado de calidad excelente por Paul Guinard, este registró dos réplicas de esta obra realizadas por el taller de Zurbarán: la primera, antaño en Madrid en la colección Estrada; la segunda, en el Museo Nacional de La Habana. En 1952, tras contrastar diversas fuentes documentales, se confirmó esta autoría.

TEMA Y COMPOSICIÓN:

En la obra, se representa al santo de medio cuerpo, girado ligeramente hacia su derecha, en actitud meditativa y de profunda introspección. Dirige la mirada hacia la cruz que sostiene con su mano derecha, mientras que con la otra sujeta una calavera que apoya a la altura de la cintura. San Bruno no mira al espectador; mantiene la boca entreabierta y los ojos vueltos hacia el cielo, capturando un momento de comunicación mística. Su rostro muestra un realismo ascético, alejado de la idealización renacentista. En su fisonomía destacan especialmente los pómulos y el perfil, profundamente marcados y de aspecto enjuto debido al contraste de luz y sombra que se produce en esta zona.


La calavera es el recordatorio de la brevedad de la vida terrenal. La delicadeza con la que la mano izquierda sujeta el cráneo contrasta con la firmeza con la que la mano derecha eleva la cruz. Una luz intensa, dura y dirigida entra desde el lateral izquierdo, impactando directamente sobre el hábito blanco del monje y su rostro. Esta luz no solo modela los volúmenes con un realismo casi escultórico, sino que actúa como un símbolo de la iluminación divina, al tiempo que deja el fondo completamente lúgubre, neutro y oscuro. Esto evita cualquier distracción espacial y obliga al espectador a concentrarse de manera absoluta en la figura del santo.

El santo aparece ataviado con el hábito cartujano de color blanco, cuyo tono no es plano, ya que en él se despliega una amplia gama de grises, marfiles, cremas y ocres en los pliegues de las telas gruesas. Estos pliegues son pesados, geométricos y casi arquitectónicos, lo que dota a la figura de una gran monumentalidad. El blanco radiante del hábito contrasta fuertemente con los tonos cálidos y terrosos de la piel, la calavera y la cruz de madera, equilibrando la paleta general de la obra.

DOCUMENTACIÓN:

Frati, T. (1988). La obra pictórica de Zurbarán. Editorial Planeta, 103-105

Navarrete, B. (1996). Aportaciones a los Zurbaranes de la Cartuja de Jerez. Archivo Español de Arte, 69(275), 243-261.

Ministerio de Cultura. (s.f.). San Juan Bautista [Ficha de inventario n.º CE20066]. Museo de Cádiz. Red de Museos de España (CER.es). https://ceres.mcu.es/pages/Main?idt=142812&inventary=CE20066&table=FMUS&museum=MCA

Ministerio de Cultura. (s.f.). San Lorenzo [Ficha de inventario n.º CE20067]. Museo de Cádiz. Red de Museos de España (CER.es). https://ceres.mcu.es/pages/Main?idt=142813&inventary=CE20067&table=FMUS&museum=MCA

Ministerio de Cultura. (s.f.). San Bruno [Ficha de inventario n.º CE20017]. Museo de Cádiz. Red de Museos de España (CER.es). https://ceres.mcu.es/pages/Main

martes, 7 de julio de 2026

RETRATOS DE LA DUQUESA DE ALBA, EN LA EXPOSICIÓN: "CAYETANA. GRANDE DE ESPAÑA"

RETRATOS DE LA DUQUESA DE ALBA, EN  LA EXPOSICIÓN: "CAYETANA. GRANDE DE ESPAÑA"

En el Palacio de Las Dueñas (Sevilla), y para conmemorar el centenario del nacimiento de Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, la Fundación Casa de Alba presenta una inédita exposición entre marzo y agosto de 2026.

La muestra rinde homenaje a una de las figuras femeninas más relevantes de la España contemporánea a través de un recorrido por cinco secciones temáticas que reúnen más de 200 piezas, incluyendo obras de arte, fotografías, objetos personales, creaciones de alta costura y documentos procedentes del archivo familiar nunca antes vistos. Este proyecto destaca su faceta como mecenas, coleccionista e icono cultural.

A continuación, analizamos cuatro de las obras más destacadas que forman parte de este excepcional legado; en concreto, dos pinturas y dos esculturas en las que la duquesa de Alba está representada.

Ignacio Zuloaga influyó en el gusto artístico del Duque. Estos retratos infantiles de Cayetana forman parte de la historia visual de la Casa de Alba al unir la tradición del retrato aristocrático con toques modernos y personales. En ese momento, Zuloaga era un pintor muy cotizado y de fama mundial, en cuya obra el retrato de la alta sociedad y las figuras mundanas ocupaban el primer lugar de su producción. Su éxito era tal que no podía realizar todos los encargos que le solicitaban. Zuloaga no era solo el "pintor de cámara" de los Alba, sino también un amigo personal del Duque, lo que explica la naturalidad y el cariño que se perciben en los retratos de Cayetana.

CAYETANA FITZ-JAMES STUART, XVIII DUQUESA DE ALBA, MONTADA EN SU PONI “TOMMY”




Ignacio Zuloaga (1870-1945)

Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, montada en su poni “Tommy”

1930

Óleo sobre lienzo

Madrid, Palacio de Liria



Este cuadro, una de las obras más singulares y entrañables de Ignacio Zuloaga, representa a Cayetana Fitz-James Stuart (la futura duquesa de Alba) cuando era niña, montada sobre su poni "Tommy".

El pintor, conocido por su estilo recio y a menudo oscuro de la "España Negra", suaviza aquí su paleta. La composición es monumental al situar a la niña y al poni en un plano elevado, lo que les otorga una importancia casi heroica, típica de los retratos ecuestres reales de Velázquez, pero adaptada a una escala infantil.

El fondo mantiene el puro estilo del autor, con nubes en tonos violáceos, blancos y azulados que aportan movimiento y una atmósfera vibrante. Al fondo, se aprecian unas montañas (posiblemente la sierra de Guadarrama) que conectan la figura con el paisaje castellano que tanto amaba el pintor.

Lo más fascinante de esta obra es la mezcla de la tradición académica con la modernidad infantil. Por un lado, destaca lo clásico: el retrato de la niña con su abrigo azul de cuello de piel y la técnica del óleo muestran la maestría del autor. Por otro, irrumpe lo lúdico: en la parte inferior izquierda, rompiendo la sobriedad del retrato aristocrático, aparecen varios juguetes, como una figura de Mickey Mouse (un detalle muy moderno para 1930) o un gato de peluche. A la derecha, sus perros completan la escena familiar.

La pieza captura un momento de transición: la fragilidad de la infancia de Cayetana rodeada de sus juguetes, pero ya presentada con la dignidad y el porte del linaje de la Casa de Alba. Es un retrato que derrocha ternura —algo menos frecuente en la producción de Zuloaga—, pero que mantiene su característica pincelada firme y su excelente manejo de la luz.

En definitiva, se trata de una obra que demuestra cómo un artista de carácter "trágico" y serio podía adaptarse perfectamente al mundo de la infancia sin perder un ápice de su identidad pictórica.

CAYETANA FITZ-JAMES STUART, XVIII DUQUESA DE ALBA, A CABALLO

 


Ignacio Zuloaga (1870-1945)

Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, a caballo

1939

Óleo sobre lienzo

Sevilla, Palacio de Las Dueñas


Este es otro magnífico retrato ecuestre de Ignacio Zuloaga, pintado en 1939, que muestra a la joven Cayetana Fitz-James Stuart —ya en su adolescencia— a caballo. Es fascinante comparar esta obra con la anterior, ya que marca un cambio notable en su tono y estilo.

A diferencia del cuadro con el poni "Tommy", aquí vemos una imagen mucho más solemne y madura. Cayetana ya no es una niña con juguetes, sino una joven aristócrata que domina la escena. Su postura es erguida y segura, y viste un traje de amazona oscuro que resalta sobre el caballo blanco.

El caballo tordo (blanco) está representado con una monumentalidad velazqueña. Zuloaga utiliza al animal para estructurar toda la composición, de modo que ocupa gran parte del lienzo. La técnica en el pelaje y la anatomía del caballo es impecable, lo que le otorga una presencia física casi escultórica.

En esta obra, Zuloaga regresa de lleno a su estética más característica. Por un lado, emplea colores más sobrios, con tonos más oscuros y profundos que en el retrato infantil, y crea una atmósfera dramática donde el cielo nocturno o de crepúsculo aporta una carga de misterio y seriedad. Por otro lado, se representa una escena costumbrista al fondo: a la izquierda, se observa una escena de campo con otros jinetes y lo que parece ser una edificación tradicional (posiblemente un cortijo o una plaza de tienta), lo que refuerza la conexión de la Casa de Alba con las tradiciones ganaderas y el campo andaluz.

En la parte inferior, los dos perros no solo añaden realismo a la escena de campo, sino que sirven para dirigir la mirada del espectador hacia arriba, hacia la protagonista.

El contraste entre la figura iluminada de la joven y el fondo oscuro subraya su importancia social y personal. Es un retrato de "presentación" al mundo de una figura que estaba destinada a ser una de las mujeres más importantes de España.

Se observa una pincelada más empastada y vigorosa en el paisaje y los animales, típica del Zuloaga más maduro, quien prefería la fuerza expresiva sobre el detalle minucioso y "bonito" del academicismo tradicional.

Es una obra que respira orgullo, tradición y dominio, y captura perfectamente la identidad de la modelo y la visión artística del pintor sobre la nobleza española.

RETRATO DE MARÍA DEL ROSARIO CAYETANA FITZ-JAMES STUART Y DE ALBA


Mariano Benlliure Gil
(1862-1947)

Retrato de María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Alba

1928

Mármol

Madrid, Palacio de Liria

Mariano Benlliure fue un maestro indiscutible del naturalismo y esta obra es un testimonio perfecto de su habilidad para plasmar la psicología infantil sin caer en la rigidez académica o la idealización artificial.

En lugar de una pose estática, el artista captura a la niña en un instante dinámico. La cabeza está ligeramente girada hacia su izquierda, con una mirada curiosa y despierta. El detalle de las mejillas redondeadas, los labios entreabiertos y la sutil expresión de asombro o atención transmiten una tremenda frescura y espontaneidad vital —rasgos característicos de la infancia—, lo que logra captar una expresión plenamente realista.

El corte de pelo con flequillo, propio de la moda de finales de los años 20, está modelado con suavidad, definiendo los contornos del rostro sin recurrir a un detallismo geométrico exagerado, lo que aporta naturalidad a la caída del cabello.

Uno de los grandes logros artísticos de esta escultura reside en la maestría con la que Benlliure trabaja el mármol, ya que logra diferenciar calidades táctiles sumamente diversas a partir del mismo material monocromo. Las superficies del rostro y de las manos muestran un pulido sumamente delicado y terso. El mármol difumina la luz de manera difusa, emulando la suavidad, la turgencia y la delicadeza de la piel de una niña pequeña.

En contraste con la piel, el vestido presenta un tratamiento de pliegues más directo y abocetado. Las líneas de la tela caen de forma natural sobre los hombros, lo que rompe la monotonía y dirige la mirada hacia el rostro.

En la parte inferior, la mano izquierda de Cayetana descansa sobre un denso grupo de rosas y capullos. El labrado de las hojas y los pétalos es mucho más rugoso y texturizado, lo que sirve de base compositiva y genera un magnífico juego de claroscuro que realza el volumen general.

En la base del bloque de mármol, el artista cinceló la inscripción identificativa: "MARÍA DEL ROSARIO CAYETANA FITZ-JAMES STUART Y DE ALBA". La tipografía está integrada de forma rústica y limpia directamente en la piedra, por lo que sirve no solo como registro histórico, sino también como un límite formal que asienta y equilibra el peso visual de la composición superior.

Mariano Benlliure consigue inmortalizar la fragilidad y la viveza de la niñez con un virtuosismo en el manejo del mármol que convierte un retrato privado de la aristocracia en una pieza de valor estético universal, que destaca por su frescura, sensibilidad y realismo.

CAYETANA XVIII • DUQUESA DE ALBA


Sebastián Santos Calero. (Sevilla
, 1943.),

Retrato de Doña Cayetana Fizt-James Stuart y Silva.

Terracota, modelado en barro. Medidas: 0,93 x 0,45 x 0,23 m.

Firmado en el pedestal: «Cayetana Alba-S. Santos-91». Época: 1991.

Palacio de las Dueñas (salón de antecapilla).

Esta escultura en terracota de Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, fue realizada por el escultor sevillano Sebastián Santos Calero, Catedrático de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla.

El uso de la arcilla cocida (terracota) aporta una calidez cromática innata (tonos rojizos y terrosos) que humaniza la figura y la aleja de la frialdad académica del mármol o la solemnidad del bronce tradicional.

El busto captura los rasgos icónicos de la duquesa en una etapa madura pero idealizada.

El tratamiento de la melena rizada y voluminosa es uno de los aspectos más expresivos de la obra. El escultor recurre a un modelado profundamente texturizado, casi de carácter pictórico o expresionista, que genera un juego de luces y sombras muy dinámico (claroscuro), lo que rompe con la rigidez del plano liso del rostro.

La cabeza se muestra ligeramente erguida y girada, con una mirada fija hacia el horizonte que le otorga un aire de dignidad aristocrática, serenidad y altivez, pero manteniendo a la vez un matiz cercano y humano.

El torso queda enmarcado y semioculto por un gran abanico desplegado que la figura sostiene contra su pecho. La textura del abanico está muy trabajada, emulando varillas rígidas y pliegues que se deshacen en bordes rasgados en su contorno superior, lo que aporta una vibración orgánica y romántica a la composición, fuertemente vinculada a la identidad cultural andaluza.

La base de la escultura es una pieza artística fundamental por derecho propio. Consiste en un relieve tallado en el mismo bloque cerámico que representa a una mujer desnuda recostada; es una clara alusión directa a La maja desnuda de Francisco de Goya (o a la imaginería bucólica de las ninfas clásicas). Cabe recordar el histórico vínculo de la Casa de Alba con Goya (especialmente a través de la Cayetana del siglo XVIII), por lo que el escultor utiliza este relieve como un puente temporal e histórico entre la dinastía de la retratada y la tradición pictórica española.


Formalmente, el relieve ofrece un contraste de volúmenes con el busto superior. Mientras que el retrato es tridimensional, rotundo y detallado, la figura yacente de la base emerge suavemente de la materia, al jugar con la bidimensionalidad y una ejecución más abocetada que evoca un sueño o un recuerdo histórico incrustado en el propio pedestal de la duquesa.

El artista opta deliberadamente por no pulir en exceso las superficies. Se aprecian las huellas del modelado a mano y del uso de palillos de escultor, lo que confiere a la obra una vibración táctil y una frescura contemporánea. La transición entre la finura de la piel del rostro y la rugosidad del cabello y el abanico demuestra un gran dominio técnico.

Sebastián Santos Calero logra fusionar de manera armoniosa el retrato individualizado y costumbrista (el abanico, los rizos) con una densa carga simbólica a través del relieve de la base. Es una pieza que respira tradición barroca sevillana en su juego de texturas, pero ejecutada con una sensibilidad formal moderna.

PINTURAS DE ZURBARÁN PARA LA CARTUJA DE JEREZ, LOS EVANGELISTAS (3ª PARTE).

LIENZOS DE LOS CUATRO EVANGELISTAS DEL RETABLO MAYOR DE LA CARTUJA DE JEREZ. ZURBAR ÁN. MUSEO DE CÁDIZ Lienzos de los evangelistas, en el ...