RETRATOS DE LA DUQUESA DE ALBA, EN LA EXPOSICIÓN: "CAYETANA. GRANDE DE ESPAÑA"
En el Palacio de Las Dueñas (Sevilla), y para
conmemorar el centenario del nacimiento de Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, la Fundación Casa de
Alba presenta una inédita exposición entre marzo y agosto de 2026.
La muestra rinde homenaje a una
de las figuras femeninas más relevantes de la España contemporánea a través de
un recorrido por cinco secciones temáticas que reúnen más de 200 piezas,
incluyendo obras de arte, fotografías, objetos personales, creaciones de alta
costura y documentos procedentes del archivo familiar nunca antes vistos. Este proyecto destaca su faceta como mecenas, coleccionista e icono cultural.
A continuación, analizamos cuatro de las obras más destacadas que
forman parte de este excepcional legado; en concreto, dos pinturas y dos esculturas en las que la duquesa de Alba está representada.
Ignacio Zuloaga influyó en el gusto artístico del
Duque. Estos retratos infantiles
de Cayetana forman parte de la historia visual de la Casa de Alba al unir la tradición del retrato
aristocrático con toques modernos y personales. En ese momento, Zuloaga era un pintor muy cotizado y de fama mundial, en cuya obra el retrato de la alta sociedad y las figuras mundanas ocupaban el primer lugar de su producción. Su éxito era tal que no
podía realizar todos los encargos que le solicitaban. Zuloaga no era solo el "pintor de cámara"
de los Alba, sino también un
amigo personal del Duque, lo que
explica la naturalidad y el cariño que se perciben en los retratos de Cayetana.
CAYETANA FITZ-JAMES STUART, XVIII
DUQUESA DE ALBA, MONTADA EN SU PONI “TOMMY”
Ignacio Zuloaga (1870-1945)
Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, montada en su
poni “Tommy”
1930
Óleo sobre lienzo
Madrid, Palacio de Liria
Este cuadro, una de las obras más singulares y entrañables de Ignacio Zuloaga, representa a Cayetana
Fitz-James Stuart (la futura duquesa de Alba) cuando era niña, montada sobre su poni
"Tommy".
El
pintor, conocido por su estilo recio y a menudo oscuro de la "España Negra", suaviza aquí su paleta.
La composición es monumental al situar
a la niña y al poni en un plano elevado, lo que les otorga una importancia casi heroica, típica de los
retratos ecuestres reales de Velázquez, pero adaptada a una escala infantil.
El fondo mantiene el puro estilo del autor, con nubes en tonos violáceos, blancos y azulados
que aportan movimiento y una atmósfera vibrante. Al fondo, se aprecian unas montañas (posiblemente la sierra de Guadarrama) que conectan la figura con
el paisaje castellano que tanto amaba el pintor.
Lo más fascinante de esta obra es
la mezcla de la tradición académica con la modernidad infantil. Por un lado, destaca lo clásico: el retrato de la niña
con su abrigo azul de cuello de piel y la técnica del óleo muestran la maestría
del autor. Por otro, irrumpe lo
lúdico: en la parte inferior izquierda, rompiendo la sobriedad del retrato
aristocrático, aparecen varios
juguetes, como una figura de
Mickey Mouse (un detalle muy moderno para 1930) o un gato de peluche. A la derecha, sus perros completan la
escena familiar.
La
pieza captura un momento de transición: la fragilidad de la infancia de Cayetana
rodeada de sus juguetes, pero ya presentada con la dignidad y el porte del
linaje de la Casa de Alba. Es un retrato que derrocha ternura —algo menos
frecuente en la producción de Zuloaga—,
pero que mantiene su característica pincelada firme y su excelente
manejo de la luz.
En
definitiva, se trata de una obra que demuestra cómo un artista de carácter "trágico" y
serio podía adaptarse perfectamente al mundo de la infancia sin perder un ápice de su identidad pictórica.
CAYETANA FITZ-JAMES STUART, XVIII
DUQUESA DE ALBA, A CABALLO
Ignacio Zuloaga (1870-1945)
Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, a caballo
1939
Óleo sobre lienzo
Sevilla, Palacio de Las Dueñas
Este es otro magnífico retrato ecuestre de Ignacio Zuloaga, pintado en 1939, que muestra a la joven Cayetana Fitz-James Stuart —ya en su adolescencia— a caballo. Es fascinante comparar esta obra con la anterior, ya que marca un cambio notable en su tono y estilo.
A diferencia del cuadro con el
poni "Tommy", aquí vemos una imagen mucho más solemne y madura.
Cayetana ya no es una niña con juguetes, sino una joven aristócrata que domina
la escena. Su postura es erguida y segura, y viste un traje de amazona oscuro que resalta sobre el caballo
blanco.
El caballo tordo (blanco) está
representado con una monumentalidad velazqueña. Zuloaga utiliza al animal para
estructurar toda la composición, de
modo que ocupa gran parte del lienzo. La técnica en el pelaje y la
anatomía del caballo es impecable, lo
que le otorga una presencia física casi escultórica.
En esta obra, Zuloaga regresa de
lleno a su estética más característica. Por un lado, emplea colores más sobrios, con tonos más oscuros y
profundos que en el retrato infantil, y
crea una atmósfera dramática donde
el cielo nocturno o de crepúsculo aporta una carga de misterio y seriedad. Por otro lado, se representa una
escena costumbrista al fondo: a la izquierda, se observa una escena de campo
con otros jinetes y lo que parece ser una edificación tradicional (posiblemente
un cortijo o una plaza de tienta), lo
que refuerza la conexión de la Casa de Alba con las tradiciones
ganaderas y el campo andaluz.
En la parte inferior, los dos
perros no solo añaden realismo a la escena de campo, sino que sirven para
dirigir la mirada del espectador hacia arriba,
hacia la protagonista.
El contraste entre la figura
iluminada de la joven y el fondo oscuro subraya su importancia social y
personal. Es un retrato de "presentación" al mundo de una figura que
estaba destinada a ser una de las mujeres más importantes de España.
Se observa una pincelada más
empastada y vigorosa en el paisaje y los animales, típica del Zuloaga más
maduro, quien prefería la fuerza expresiva sobre el detalle minucioso y
"bonito" del academicismo tradicional.
Es una obra que respira orgullo,
tradición y dominio, y captura
perfectamente la identidad de la modelo y la visión artística del pintor sobre
la nobleza española.
RETRATO DE MARÍA DEL ROSARIO
CAYETANA FITZ-JAMES STUART Y DE ALBA
Mariano Benlliure Gil (1862-1947)
Retrato de María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Alba
1928
Mármol
Madrid, Palacio de Liria
Mariano Benlliure fue un maestro
indiscutible del naturalismo y esta
obra es un testimonio perfecto de su habilidad para plasmar la psicología
infantil sin caer en la rigidez académica o la idealización artificial.
En lugar de una pose estática, el
artista captura a la niña en un instante dinámico. La cabeza está ligeramente
girada hacia su izquierda, con una mirada curiosa y despierta. El detalle de
las mejillas redondeadas, los labios entreabiertos y la sutil expresión de
asombro o atención transmiten una tremenda frescura y espontaneidad vital —rasgos característicos de la
infancia—, lo que logra captar una expresión plenamente realista.
El corte de pelo con flequillo,
propio de la moda de finales de los años 20, está modelado con suavidad, definiendo los contornos del
rostro sin recurrir a un detallismo geométrico exagerado, lo que aporta
naturalidad a la caída del cabello.
Uno de los grandes logros
artísticos de esta escultura reside en la maestría con la que Benlliure trabaja
el mármol, ya que logra
diferenciar calidades táctiles sumamente diversas a partir del mismo material
monocromo. Las superficies del rostro y de las manos muestran un pulido
sumamente delicado y terso. El mármol difumina la luz de manera difusa, emulando la suavidad, la
turgencia y la delicadeza de la piel de una niña pequeña.
En contraste con la piel, el
vestido presenta un tratamiento de pliegues más directo y abocetado. Las líneas
de la tela caen de forma natural sobre los hombros, lo que rompe la monotonía y dirige la mirada hacia el rostro.
En la parte inferior, la mano
izquierda de Cayetana descansa sobre un denso grupo de rosas y capullos. El
labrado de las hojas y los pétalos es mucho más rugoso y texturizado, lo que sirve de base compositiva y genera un magnífico juego de claroscuro que realza el volumen
general.
En la base del bloque de mármol,
el artista cinceló la inscripción identificativa: "MARÍA DEL ROSARIO
CAYETANA FITZ-JAMES STUART Y DE ALBA". La tipografía está integrada de
forma rústica y limpia directamente en la piedra, por lo que sirve no solo como registro histórico, sino también
como un límite formal que asienta y equilibra el peso visual de la composición
superior.
Mariano Benlliure consigue
inmortalizar la fragilidad y la viveza de la niñez con un virtuosismo en el
manejo del mármol que convierte un retrato privado de la aristocracia en una
pieza de valor estético universal, que
destaca por su frescura, sensibilidad y realismo.
CAYETANA XVIII • DUQUESA DE ALBA
Sebastián Santos Calero. (Sevilla, 1943.),
Retrato de Doña Cayetana Fizt-James Stuart y Silva.
Terracota,
modelado en barro. Medidas: 0,93 x 0,45 x 0,23 m.
Firmado en el pedestal: «Cayetana Alba-S. Santos-91». Época: 1991.
Palacio
de las Dueñas (salón de antecapilla).
Esta escultura en
terracota de Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, fue realizada por el escultor sevillano
Sebastián Santos Calero, Catedrático de Escultura de la Facultad de Bellas
Artes de la Universidad de Sevilla.
El uso de la arcilla cocida
(terracota) aporta una calidez cromática innata (tonos rojizos y terrosos) que
humaniza la figura y la aleja de la frialdad académica del mármol o la solemnidad
del bronce tradicional.
El busto captura los rasgos icónicos de la duquesa en una etapa
madura pero idealizada.
El tratamiento de la melena
rizada y voluminosa es uno de los aspectos más expresivos de la obra. El
escultor recurre a un modelado profundamente texturizado, casi de carácter
pictórico o expresionista, que genera un juego de luces y sombras muy dinámico
(claroscuro), lo que rompe con
la rigidez del plano liso del rostro.
La cabeza se muestra ligeramente
erguida y girada, con una mirada fija hacia el horizonte que le otorga un aire
de dignidad aristocrática, serenidad y altivez, pero manteniendo a la vez un
matiz cercano y humano.
El torso queda enmarcado y
semioculto por un gran abanico desplegado que la figura sostiene contra su
pecho. La textura del abanico está muy trabajada, emulando varillas rígidas y
pliegues que se deshacen en bordes rasgados en su contorno superior, lo que
aporta una vibración orgánica y romántica a la composición, fuertemente
vinculada a la identidad cultural andaluza.
La base de la escultura es una
pieza artística fundamental por derecho propio. Consiste en un relieve tallado
en el mismo bloque cerámico que representa a una mujer desnuda recostada; es una clara alusión
directa a La maja desnuda de Francisco de Goya (o a
la imaginería bucólica de las ninfas clásicas). Cabe recordar el histórico
vínculo de la Casa de Alba con Goya (especialmente a través de la Cayetana del
siglo XVIII), por lo que el escultor utiliza este relieve como un puente
temporal e histórico entre la dinastía de la retratada y la tradición pictórica
española.
Formalmente, el relieve ofrece un contraste de volúmenes con el busto superior. Mientras que el retrato es tridimensional, rotundo y detallado, la figura yacente de la base emerge suavemente de la materia, al jugar con la bidimensionalidad y una ejecución más abocetada que evoca un sueño o un recuerdo histórico incrustado en el propio pedestal de la duquesa.
El artista opta deliberadamente
por no pulir en exceso las superficies. Se aprecian las huellas del modelado a
mano y del uso de palillos de escultor, lo que confiere a la obra una vibración
táctil y una frescura contemporánea. La transición entre la finura de la piel
del rostro y la rugosidad del cabello y el abanico demuestra un gran dominio
técnico.
Sebastián Santos Calero logra
fusionar de manera armoniosa el retrato individualizado y costumbrista (el
abanico, los rizos) con una densa carga simbólica a través del relieve de la
base. Es una pieza que respira tradición barroca sevillana en su juego de
texturas, pero ejecutada con una sensibilidad formal moderna.